Qué bonito es carnaval, pal que lo sabe gozar.
“No te vayas, carnaval, quédate ocho días más que pal otro año que vuelvas, capaz no me encontrarás”. Así cantaba el tío Miguel Ángel al compás de su viejo bombo; el pobre ya iba pasadito de chicha, su pena era entendible: frente a la casa, el entierro del Ño Carnavalón anunciaba el fin de las celebraciones. No recuerdo mi primer carnaval; cuando le pregunté a mi abuela, tal vez confundiendo mi pregunta, me contó que el carnaval nos lo trajeron los españoles, quienes a su vez lo aprendieron de los romanos. Años más tarde entendería que la abuela se refería a la Lupercalia, unas festividades que tenían lugar el 15 de febrero y que se hacían en honor al dios del Pan. En ellas se hacían danzas de personajes enmascarados y cantaban canciones picarescas, satíricas y obscenas. Los hombres se pintaban las caras y las mujeres corrían semidesnudas por el campo; una realidad no muy alejada al carnaval cajamarquino de hoy en día.
El carnaval es más que una fiesta, es un sentimiento para nuestra gente. Durante esos días, desde la pileta de la plaza hasta la más angosta calle, se escuchan las clarinadas de alegría que suenan al compás de la Matarina, el color inunda las calles incluso antes de la fiesta misma. Los festejos comienzan treinta días antes del Miércoles de Ceniza si contamos los preparativos, pues la gran fiesta se da inicio con el Bando de Carnaval, mediante el cual se apertura oficialmente las festividades centrales del carnaval, seguido del “Jueves de Compadres” y el ingreso del Ño Carnavalón. Entre pintura, chicha y hasta ron, la celebración continua con el desfile de patrullas y comparsas; qué hermoso deleite de trajes y disfraces. Sigo asombrado con lo que ayer presentó el barrio San Sebastián. Hoy oficialmente termina la fiesta, hoy con el entierro del Ño Carnavalón.
Mi copla favorita, aun con el paso de los años, siempre ha sido la de “Qué bonito es carnaval, pal que lo sabe gozar, como yo lo sé gozar, bonito lo he de pasar”. En mi familia, ser conservadores es como de sangre, por eso siempre vieron mal al tío Miguel Ángel, pues él, siempre tan alegre, cantaba como tomaba y no recuerdo al día de hoy un carnaval que él no gozara. Hoy, que han pasado años y ya el carnaval es otra cosa, corrompido y vandalizado, ya poco importa la tradición. En estos días pienso en el Tío Miguel Angel y en cómo nos reñía si viera lo que le pasó a su fiesta, a la fiesta de su Carolina. Menos mal que él se fue feliz y cantándole “Carolina, ay Carolina, eres linda Carolina”. Así lo recordamos cada que visitamos a la tía Carolina en estas fechas, aunque ella no puede evitar suspirar en silencio cada que escucha las letras de su Indio Mayta resonar en cada carnaval.
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