Una historia de mentiras bien contadas

Nuestra historia es vasta y, aunque no lo pensemos a menudo, la humanidad ha caminado sobre el planeta durante ya mucho tiempo. Gran parte de ese camino ha sido olvidado y cuando miramos hacia atrás en la historia solemos fijarnos en los reyes, los sultanes, los inkas; pero rara vez nos sabemos los nombres de las reinas. Durante el siglo XIX nacía la historia como disciplina y los primeros historiadores (hombres blancos y ricos de Europa) empezaban a realizar investigaciones centradas en la gente que veían más cercana a ellos mismos físicamente, además, los documentos de interés eran por la historia política, como la guerra y los tratados. No fue hasta la segunda mitad del siglo XX que el interés empezó a cambiar para incluir a nuevos personajes históricos. Se empezó con las grandes mujeres cuyo poder había sido tan importante que eran imposibles de ignorar, como Leonor de Aquitania. A medida que las mujeres se integraron a los centros de investigación y las universidades, se empezaron a investigar temas que no estaban siendo investigados por los hombres que demostraban que, para sorpresa de casi nadie, la otra mitad de la población también hacía cosas.

Las historiadoras feministas han desempeñado un papel crucial en la recuperación y reivindicación de las vidas y logros de mujeres menospreciadas en la historia tradicional. Un ejemplo interesante de ello es Hatshepsut, una faraona que gobernó Egipto durante el siglo XV a.C., que a pesar de su largo reinado, su memoria fue borrada deliberadamente de muchos registros históricos por sucesores que intentaron minimizar su legado. Hatshepsut es recordada por su astucia política y sus amplios proyectos de construcción, incluyendo el famoso templo mortuorio en Deir el-Bahari, que aún en nuestros días se erige como un testimonio de su poder y habilidad como gobernante.

El poder de estas mujeres que no solo había sido olvidado, sino deliberadamente borrado, finalmente a sido investigado y gracias a ello conocemos a aquellas que participaron desde sus trincheras en nuestra historia: mujeres indígenas, mestizas y de castas, criollas y peninsulares, así como esclavas, libertas, plebeyas y también aristócratas. Nombres como Micaela Bastidas, María Pardo de Bellido o aquellas que incluso estuvieron en el campo de batalla, como María e Higinia Toledo y su madre Cleofé Ramos en el valle del Mantaro en 1821. Nombres que por aquella época compartían tiempo con la valiente Matiaza Rimachi.

Ser deliberadamente borrado de la historia es una situación que se repitió, por ejemplo, con la historia marxista y con la historia después de la colonia, cuando las personas racializadas tuvieron acceso a la educación e investigación. La inclusión de estas voces marginadas en el ámbito académico permitió una revisión de la historia que reconociera las contribuciones de aquellos que habían sido sistemáticamente ignorados. Así, se empezaron a escribir historias más inclusivas que consideraban no solo la perspectiva de los conquistadores, sino también la de los conquistados, los esclavizados y los oprimidos. Hay que entender que la historia no es totalmente cierta o falsa, ya que se nutre de verdades a medias, mentiras bien contadas o recuerdos borrosos.

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